Cumplir cuatro años como compañía cotizada nos ha permitido mirar hacia atrás con perspectiva y hacia adelante con ambición. En este tiempo, hemos multiplicado por 2,6 nuestros ingresos, duplicado nuestro EBITDA y triplicado el tamaño de nuestro negocio. Pero más allá de las cifras, lo importante es lo que hay detrás de ellas: una transformación real, fruto de visión, coherencia y trabajo sostenido.
Cuando decidimos dar el paso al mercado, no lo hicimos para “salir a Bolsa”. Lo hicimos para construir valor a largo plazo. La Bolsa ha sido para nosotros una herramienta, no un destino. Nos ha obligado a ser más transparentes, más rigurosos y más exigentes con nosotros mismos. Y eso, al final, fortalece la confianza: de nuestros clientes, de nuestros inversores y de todos los que forman parte de LLYC.
En mi conversación con Estrategias de Inversión, hablábamos precisamente de eso: del equilibrio entre prudencia y ambición, del valor de mantener una hoja de ruta clara en entornos inciertos y del poder de cumplir lo que se promete. Porque la verdadera fortaleza de una empresa no está en crecer rápido, sino en crecer cumpliendo.
Hoy, con una estructura más equilibrada —un tercio en Estados Unidos, otro en Europa y otro en América Latina—, seguimos consolidando nuestra visión global. Estados Unidos continúa siendo nuestra palanca principal de crecimiento, un mercado exigente, competitivo y lleno de oportunidades para quienes saben anticipar.
El siguiente paso de nuestra evolución pasa por integrar plenamente nuestras capacidades, desde la creatividad hasta la analítica, para ofrecer soluciones que realmente transformen los negocios de nuestros clientes. Eso exige equipos fuertes, talento diverso y una cultura que combine disciplina y audacia.
Después de todo, el crecimiento sostenible no se improvisa. Se construye con coherencia, con propósito y con una idea muy simple: cumplir lo que dices sigue siendo la mejor estrategia de negocio.
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