Hace unos días, en una entrevista con Estrategias de Inversión, me preguntaban cómo la inteligencia artificial está transformando el trabajo, la consultoría y, en última instancia, la relación entre personas y tecnología.
La conversación me dejó pensando en algo que me parece fundamental: estamos viviendo una revolución que no se mide solo en velocidad o capacidad de cálculo, sino en equilibrio. La IA no es una moda ni una herramienta más; es un cambio estructural que, como toda revolución, trae consigo entusiasmo, incertidumbre y, sobre todo, responsabilidad. Lo interesante no es solo lo que puede hacer, sino cómo decidimos usarla.
Tres inteligencias, un mismo propósito
En LLYC creemos que el futuro pasa por orquestar tres inteligencias: la artificial, la humana y la colectiva. La artificial nos hace más rápidos. La humana, más precisos. Y la colectiva, más inteligentes como organización. Hace tiempo entendimos que esta convergencia marcaría el rumbo de nuestra industria, por eso apostamos por la innovación y la integración tecnológica como una prioridad estratégica. No se trata de elegir una sobre otra, sino de aprender a integrarlas. De combinar la eficiencia tecnológica con el juicio, la sensibilidad y la creatividad que solo las personas pueden aportar.
El riesgo de deshumanizar lo que nos hace humanos
La tecnología puede generar un empobrecimiento relacional si dejamos que la eficiencia desplace la conexión. Ya lo estamos viendo en las redes sociales y en la manera en que nos relacionamos con las marcas o entre nosotros. Si convertimos cada decisión en un cálculo, corremos el riesgo de perder la intuición, la empatía, la mirada lateral que nos hace diferentes. Por eso no dejaré de insistir en que la IA no debe ser un sustituto de la responsabilidad, sino una herramienta para amplificarla.
Esto nos lleva inevitablemente a otro punto que mencionaba en la entrevista y que cada vez considero más urgente: el del nuevo contrato social tecnológico. La adopción de la IA no puede basarse solo en eficiencia o productividad; debe apoyarse en transparencia, responsabilidad y criterio ético. Regular, formar, supervisar. Y, sobre todo, recordar que detrás de cada decisión debe haber alguien dispuesto a responder por ella. Porque ninguna máquina puede sustituir la confianza.
Estamos ante una oportunidad inmensa. La inteligencia artificial nos permitirá ser más ágiles, más productivos, incluso más creativos. Pero sólo si mantenemos el control de aquello que no se puede automatizar: la capacidad de pensar, de sentir y de conectar. Por eso, más que hablar de inteligencia artificial, prefiero hablar de inteligencia amplificada: la que une lo humano, lo técnico y lo colectivo para generar impacto positivo.
La revolución es algorítmica, sí. Pero el progreso seguirá siendo humano.
💬 Te dejo por aquí la entrevista completa