Cada año, el Foro La Toja–Vínculo Atlántico reúne a voces relevantes del ámbito político, económico y social para algo que hoy parece casi excepcional: conversar con rigor, discrepar con respeto y construir sobre el terreno común. En un clima de polarización y fatiga institucional, este espacio recuerda los fundamentos de las sociedades abiertas: libertades, democracia representativa, instituciones sólidas y, sobre todo, cooperación internacional como condición de posibilidad para cualquier progreso compartido.
Asistir a su edición de 2025 fue, ante todo, un ejercicio de escucha. Escucha para comprender mejor un mundo que ya no transita de crisis en crisis, sino que opera en permarriesgo: tensiones simultáneas que se retroalimentan (geopolítica, disrupción tecnológica, comercio, clima) y aceleran los impactos. Tal y como desarrollamos desde LLYC en nuestros informes de Antifragilidad, este cambio de régimen obliga a repensar cómo decidimos, influimos y nos relacionamos con nuestros grupos de interés. Ya no basta con restaurar el statu quo; se trata de fortalecerse con la volatilidad, de convertir la incertidumbre en aprendizaje organizativo y en capacidad de adaptación sostenida.
En esta ocasión, tuve además la oportunidad de acompañar a Pablo García-Berdoy, quien moderó el panel “Una oportunidad para la paz” junto al que fue primer ministro de Israel entre 2006 y 2009, Ehud Olmert, y Samer Sinijlawi, activista político palestino y presidente fundador del Jerusalem Development Fund. Un momento profundamente inspirador: un diálogo abierto, honesto y valiente. Un ejemplo tangible de lo que este foro representa, y de cómo el entendimiento es posible cuando hay voluntad de escuchar.
A lo largo de las conversaciones del Foro emergió una convicción transversal: la confianza se construye con hechos verificables, no con declaraciones. La sociedad es especialmente sensible a la integridad y la gobernanza; exige pruebas de contribución real y espera que la tecnología (incluida la IA) se traduzca en servicios mejores, decisiones más informadas y mayor responsabilidad. En paralelo, la resiliencia de cadenas, servicios y territorios deja de ser un capítulo técnico para convertirse en un criterio central de legitimidad.
En nuestra profesión, esto tiene una traducción directa: Comunicación no es un altavoz, es arquitectura de confianza. Y es que, como decía José Antonio Llorente, “la comunicación ayuda a que la sociedad funcione mejor, a entendernos mejor, a hablar mejor con los demás, y a facilitar el que nos pongamos de acuerdo en muchas cosas. cuantas más mejor.”
Comunicar significa escuchar de manera sistemática la conversación externa, mapear los riesgos desde su dimensión social (quiénes están activados, con qué narrativa y con qué capacidad de influencia), y liderar narrativas que permitan a las organizaciones navegar la incertidumbre con transparencia y propósito. Ese es el salto de la resiliencia a la antifragilidad: pasar de resistir a aprender, adaptarse y crecer gracias a lo que el entorno nos pone delante.
Foros como La Toja aportan algo más que ideas: aportan método. Decidir con datos y contexto social; cooperar más allá del silo entre sector privado, administraciones y comunidades; rendir cuentas de forma continua sobre integridad, contribución y desempeño. Todo ello encaja con la mentalidad antifrágil que proponemos en LLYC: anticipar escenarios, priorizar lo relevante y preparar rutas alternativas antes de que los riesgos escalen.
Me quedo con una idea sencilla pero exigente: el diálogo no es un gesto; es una estrategia. En tiempos de fragmentación, escuchar bien, contrastar y co-construir es lo que convierte a las organizaciones en actores legítimos de la conversación pública. Ese es el liderazgo que necesitamos: uno que entiende el permarriesgo, apuesta por la antifragilidad y traduce principios en decisiones que fortalecen la confianza.
Porque, al final, el progreso no ocurre pese al desacuerdo, sino gracias a la calidad del diálogo que somos capaces de sostener. Y espacios como La Toja ayudan, y mucho, a que ese diálogo esté a la altura del momento.